La felicidad efectiva
“Incluso una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad”.
Carl G. Jung
Pareciera que el hallazgo de un concepto universal acerca de la felicidad se ha convertido en una búsqueda casi agónica… en una persecución infinita que genera una angustia desgastante que nos arropa y nos aleja cada día de un encuentro más humano con el entendimiento de nuestra vida.
La percepción de esta forma de felicidad ficticia se ha convertido en una carrera de alta velocidad en la que todos perseguimos una sola forma de aparente bienestar. Esto sin saber que detrás de cada uno de nosotros está otra representación de felicidad más sensible y funcional tocándonos la espalda, pero que no podemos ver por la necesidad de cumplir con la fórmula colectiva que nos invita a buscar todo en el futuro, lo que genera una neurosis aguda de anhelar lo que no tenemos y obviar así la compensación sabia del presente, que siempre nos regala una posibilidad.
Nos hemos convertido, en muchos casos, en seres anestesiados, creyentes de cualquier método de autoayuda charlatana en el que la plenitud y el deseo se venden como condiciones ciertas de la esencia humana. Por supuesto, frente al vacío existencial en el que estamos sumergidos, es muy fácil vender fórmulas engañosas que solo contribuyen al alejamiento más perverso: el que desemboca en el extravío del alma y que se suple con fármacos, para de una u otra forma silenciar el llanto de cuerpos que piden ser escuchados de una manera más real y sensible.
Hoy, las cifras de ventas de antidepresivos y analgésicos son abrumadoras. Se han convertido en parte de la receta vital de nuestros tiempos; en suplementos necesarios para intentar serenar la velocidad que nos pinta el éxito como un sinónimo de felicidad, con base en la cultura del deseo todopoderoso, que admite que el ser humano tiene en sus manos la posibilidad de lograr absolutamente
lo deseado.
Esta termina siendo la trampa más ilustrada de nuestros tiempos; si todo fuera posible, lo imposible también lo sería. Es por esta razón que la depresión social es una pandemia que se deriva de la frustración sistémica de no lograr lo que en algún momento deseamos.
La vida es un milagro extraordinario. Cada día es una buena noticia para hallar la alternativa que nos ponga en contacto con la realidad requerida, que en ocasiones ofrecerá lo queremos y lo que necesitamos para transformarnos en mejores seres humanos. La felicidad existirá a medida que podamos, de manera franca, incorporar cada acontecimiento con verdadero amor; incluso aquellos que han marcado heridas profundas, pero que en el fondo terminan siendo en ocasiones nuestros mejores maestros.
Cuando abrimos nuestro corazón al amor también lo hacemos al dolor, es parte de lo inevitable. Pero si lo asumimos como una lectura requerida, nuestro concepto de felicidad se hará más factible, más cierto y sobre todo más duradero. Quien integra los matices del sendero del vivir no requiere de un acontecimiento específico para ser feliz, sino más bien entiende que en la verdadera plenitud está la aceptación del todo como lo necesario. Solo así la vida sonríe con la fuerza suficiente para llevarnos con paso firme, pero humano, a un encuentro con la felicidad efectiva.