Cree, crea y crece
El espíritu de esta columna es promover un espacio para la reflexión y un acercamiento a nuestro ser interior. Algo tan necesario que muchos lo hemos desatendido partiendo del hecho de que ahora no discurrimos los procesos y respetamos la evolución natural de los hechos, sino que desesperadamente vamos corriendo en la búsqueda de todo lo que concierne a la existencia, como si esa carrera pudiera generar un rédito mayor a nuestra vida.
Cree, crea y crece tiene como objetivo esencial el acercamiento con el otro. Ese que muchas veces no vemos ni sentimos. Le pasamos al lado sin darnos cuenta de que ese otro es un fiel representante al igual que nosotros del pulso de la vida. Nos hemos sumergido en una postura cada vez más individualista, que no tiene nada que ver con ese derecho de todos a crecer y a definirnos como una persona que expresa su particularidad y que se distingue del resto, como si de nuestras huellas digitales se tratara.
Carl Jung lo llamaba “proceso de individuación”. Y justamente ese proceso es el que cada vez se encuentra más lejos de vivirse en “la sociedad de la máscara”. Una sociedad que impone modelos alejados de lo humano, lo natural y lo real. Es de rigor dejar asentado que todos de alguna forma mantenemos “bajo llave” una parte de nosotros. Que es imposible pretender que el otro y nosotros nos mostremos al mundo con una transparencia total.
Sin embargo, cuando me adhiero y asumo que la única manera de lograr una interacción y aceptación del entorno es dejando de ser yo, para mostrar al mundo mi mejor máscara, estamos hablando de otro nivel de segregación de nosotros mismos en aras de una supuesta inmersión falseada para poder surfear la ola en el inmenso océano social, disociado, individualista per se, condicionante y que nos “entrega” una flaca
compañía, soporte y “amor”.
Cuando pongo entre comillas amor y entrega, lo hago porque no puedo amar sincera y conscientemente lo que no conozco, lo que se esconde y se presenta con una apariencia irreal. No puedo ofrecer una entrega genuina desde un lugar de miedo a que me lastimen, que me conozcan tal y como soy… con reserva a ser desde mi esencia más real, temor al juicio, al fracaso y pare de contar.
Lo primero que exige la máscara es que te amoldes, que dejes de expresarte en tu forma única de ser. La máscara impone sonrisas falsas, posturas adheridas a la manada y soluciones que muchas veces nos alejan del consenso humano, del bien común y de la búsqueda de una felicidad basada en el crecimiento y la transformación del ser para servir. Nos aleja de la búsqueda de inclusión, para unir lo separado, y de la configuración del orden para vivir, para que la fuerza del amor pueda operar permitiendo un acercamiento desde el alma y el amor, y no desde el miedo y la separación.
La máscara nos restringe, nos impone límites, nos arrincona y nos pone en un lugar de extrema sensación de inseguridad, porque el sentimiento preponderante es pertenecer a un costo muy alto: nosotros. Esto restringe la expresión libre de nuestra esencia, lo cual genera un temible temor al rechazo.
Dejamos de creer en nosotros para comprar conceptos, modos de ver y sentir que, muchas veces, no comulgan con lo que somos en realidad, sino con toda esa parafernalia que el entorno social ha ido construyendo de manera sistemática y subliminal para lograr adhesiones inconscientes, adeptos ciegos y sordos a su voz interior.
Bajo esta óptica, ¿en qué creo realmente? ¿En mí, en mis potencialidades, en mi proceso de crecimiento y transformación para edificar una vida personal preñada de nuevas miradas a partir de un análisis profundo, comprometido y real? ¿O mis análisis, miradas y posturas se manifiestan con el sesgo propio de lo establecido, a lo cual me ciño, para no sentirme execrado dela manada?
El compromiso vital, medular de todo ser humano es creer. En sí mismo, en el flujo de la vida, en las inmensas posibilidades que ella contiene y en que es posible construir otros escenarios. Creer en nosotros es fundamental para crear, para edificar lo nuevo en todas las áreas imaginadas durante el caminar por este inmenso e impredecible universo. Y esa expresión que podemos proyectar nos permite crecer, evolucionar y transformar realidades personales y globales.
Pero todo este maravilloso proceso solo puede fluir y convertirse en palanca que nos impulse si decidimos dejar de usar la máscara para sostenernos dentro del sistema. Así podemos optar por desarrollar las fortalezas que devienen de crecer y elegirnos como individuos merecedores de aceptación, respeto, justicia, etc.; a pesar de las diferencias que dinamizan y enriquecen la coexistencia social.
Debemos poder construir un camino distinto para reconectar desde otro lugar, un espacio de mayor autenticidad que nos permita volver a transitar la serenidad compartida, sensación que en estos tiempos se ha vuelto difusa y lejana.
Para ello creer que es posible es el punto de partida. No hay creación sin fe en el proceso ni confianza en nosotros. Y solo a partir de allí, cuando descubrimos nuestras capacidades y potencialidades, experimentamos la epifanía de crecer.